La única confesión que haré, después de escribir un texto visceral que acabará en la papelera de reciclaje, es que no debería haber permitido que me afectara tanto. Que no debería mirar para atrás, que voy a acabar cayéndome. Que hay cosas que uno no tiene en sus manos. Que me arrepiento, sí, pero sólo de aquello de lo que tengo culpa. Del resto no. No me arrepiento de ser feliz ahora.
Tengo sólo veinte años.
Más se perdió en 1991. Y aquí seguimos.